LA INMACULADA CONCEPCIÓN

¿ dónde está el problema ?

por Fernando D. Saraví

La doctrina de la Inmaculada Concepción afirma que por un privilegio excepcional María, la madre de Jesús, fue concebida libre del pecado original.

Tal como la Iglesia de Roma formuló el dogma de la inmaculada concepción (pasiva) de la Bienaventurada María, no puede objetarse en contra de este dogma que María tenía necesidad de redención (como cualquier descendiente de Adán), pues la definición dogmática tiene explícitamente en cuenta este hecho.

 

1. Las Escrituras

Lo que es por cierto objetable, y la razón por la cual debe ser rechazada por los cristianos, es simplemente que no se enseña en la Biblia, ni de manera explícita ni por clara implicación. Lo primero es reconocido de buen grado por los teólogos católicos; por ejemplo: 

"La doctrina de la concepción inmaculada de María no se encuentra explícitamente en la Sagrada Escritura..."

(Ludwig Ott, Manual de Teología Dogmática, Ed. Rev. Barcelona: Herder, 1969, p. 315).

 

Por otra parte, la Iglesia Católica cree que la doctrina de la Inmaculada Concepción puede deducirse de las Escrituras. El  autor recién citado pasa a decir que según “numerosos teólogos”, la doctrina está implícita en los siguientes textos: Génesis 3:15, Lucas 1:28 y Lucas 1:41 (sic; en realidad se refiere a 1:42).  Examinemos, pues, los pasajes en cuestión.

Génesis 3:15

Y enemistad pondré entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; [él] te herirá la cabeza y tú le herirás el talón.

Este texto, que es a menudo llamado el “primer evangelio”, anuncia una lucha que se prolongará a través de los siglos. Como parte del veredicto de Dios contra la serpiente, el final de tal combate le será adverso a ésta. La mujer a la que se refiere aquí es Eva (¡no había por entonces otra!). El pronombre masculino singular “él” es permitido (aunque no exigido) por el hebreo, y la Septuaginta pasa del neutro “simiente” (sperma) al pronombre masculino singular autos, “él” (en Génesis 4:25 el término “simiente” , hebreo zera’ también se aplica a un varón particular, en este caso Set).

De la plenitud de la revelación presente en el Nuevo Testamento entendemos que esta simiente es Cristo, quien derrotó a Satanás. Como corroboración podemos notar que en Gálatas 3:16-19 Pablo aplica a Cristo la referencia a la simiente (zera’) de Abraham de Génesis 12:7.

Es en extremo difícil ver cómo la doctrina de la inmaculada concepción pueda estar implícita en este texto. Entre Eva y Cristo se extiende una larga cadena de descendientes de los cuales María no es sino el último eslabón, lo cual impide pensar que ella (y no el resto de los ascendientes de Cristo según la carne) fuese exceptuada del pecado original por algún decreto divino que no aparece por ningún lado en la Escritura.

Lucas 1:28

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Estas palabras del ángel Gabriel a María constituyen el saludo previo a la anunciación. Las palabras “llena de gracia” de la Biblia de Jerusalén corresponden al término griego kejaritômenê, del verbo jaritoô, “favorecer” o “colmar de favores”. Los católicos sostienen que esta era una plenitud extensiva e intensiva que, por tanto, debía de incluir la excepción del pecado original. Sin embargo, debe notarse que las palabras del ángel no guardan referencia alguna a la concepción de María ni a su condición previa a la visita del ángel. De hecho, ante la perplejidad de María, en el versículo 30 Gabriel dice: “Has hallado gracia delante de Dios”.

Además, en este verbo solamente aparece otra vez en todo el Nuevo Testamento, en Efesios 1:6, y en esta ocasión se refiere a todos los cristianos: “para la alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos colmó de favores (o “nos llenó de gracia”, ejaritôsen) en el Amado”. Si esta expresión implicase por sí misma la concepción inmaculada, entonces este sería un privilegio de todos los creyentes.

Lucas 1:42

y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno».

Estas palabras pronunciadas por Isabel, llena del Espíritu Santo, son tomadas por los católicos en el sentido de que la bendición de Dios sobre María y sobre Jesucristo a la vez implicaba que tanto la madre como el Hijo compartían el privilegio de ser libres de pecado desde la concepción. Pero de esto no hay ni jota en el texto ni en el contexto. Además, que tal bendición supusiese una bendición suprema y singular exclusiva de María es contradicho por las palabras del mismo Señor. En el mismo Evangelio de Lucas leemos:

Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan». (Lucas 11:27-28)

En otras palabras, según Jesús, la bienaventuranza de quienes oyen y obedecen a Dios es mayor que la de haber llevado a Cristo en el vientre y haberlo amamantado.

 

2. La tradición

Si algún católico objeta que debe también tenerse en cuenta la tradición apostólica transmitida por vía oral como otra fuente de revelación, habrá que responderle que además de estar en desacuerdo con tal noción, de hecho no existe ninguna tradición confiable documentada en los primeros diez siglos del cristianismo que documente tal creencia.

Los Padres de la Iglesia

No solamente es esta doctrina ajena a la Biblia y no es apoyada por ninguna tradición confiable. Tampoco fue enseñada por ningún escritor cristiano de los primeros siglos. Uno puede buscar en vano durante el primer milenio del cristianismo un autor tenido por ortodoxo que enseñase la inmaculada concepción. Dice Ott:

"Ni los padres griegos ni los latinos enseñan explícitamente la concepción inmaculada de María."

(Ludwig Ott, obra citada, p. 316).

 

Pero como su libro es una exposición de la teología católica, no puede dejar ahí la cosa, y sostiene entonces que la doctrina está implícita en los Padres. Es básicamente el mismo argumento empleado antes acerca de la Escritura: la doctrina no está expresada, pero debe de estar presente en alguna forma indirecta.  La inmaculada concepción quedaría implícita en el alto concepto que tuvieron estos autores de la pureza y santidad personal de María, y en el paralelismo y antítesis entre Eva y María.

Permanece inconmovible el hecho de que, por más admiración que sintiesen por María, ningún Padre enseñó su concepción inmaculada, y de hecho cuando en la Edad Media comenzó a hablarse de esta doctrina, recibió una firme oposición de algunos de los teólogos más importantes de la época. La principal objeción era la universalidad del pecado y por tanto de la necesidad de redención por Cristo.

Historia de una tradición espuria

La primera insinuación de lo que progresivamente y no sin grave controversia condujo a la doctrina en discusión la hallamos no en Occidente, sino en Oriente. A partir del siglo VII surge en las iglesias griegas una festividad de la concepción de Santa Ana, a quien se tenía por madre de María.

El origen de esta creencia puede trazarse a uno de los libros apócrifos del Nuevo Testamento que con el tiempo adquirió enorme influencia en las creencias acerca de María. Aunque esta obra narra el nacimiento de Jesús, su propósito obvio es el de ensalzar a su madre, de la cual narra nacimiento, infancia y casamiento. Se trata del denominado Protoevangelio de Santiago.

Este libro es uno de los llamados “evangelios de la infancia”, y se cree que data de la segunda mitad del siglo II. Obviamente no pudo haber sido escrito por ninguno de los discípulos llamados Santiago (= Jacobo). Es pues una obra pseudoepigráfica. Se escribió originalmente en griego y se tradujo al siríaco, etiópico, georgiano, sahídico, eslavo antiguo, armenio y probablemente al latín (aunque no subsisten manuscritos latinos tempranos).

Es en el Protoevangelio de Santiago que se proporcionan por vez primera los supuestos nombres de los padres de María como Ana y Joaquín. Aunque, como dice Elliott, “las doctrinas desarrolladas de la mariología pueden trazarse hasta este libro”, en la antigüedad el libro fue paradójicamente prohibido por la Iglesia occidental porque enseñaba que María fue la segunda esposa de José.

En cambio, tuvo como dije gran popularidad en el Oriente, y probablemente explica el origen de una festividad dedicada a la concepción pasiva de María, supuestamente ocurrida luego de una prolongada esterilidad de Ana, su madre, y anunciada por un ángel (tal como enseñaba el pseudo Santiago).

Más tarde esta fiesta se introdujo en occidente, al principio en el sur de Italia y quizá en Irlanda allá por el siglo IX. A principios del siglo XII la celebración de la concepción de María comenzó a infiltrarse en la liturgia. Por la misma época dos monjes británicos, Eadmer y Osberto, comenzaron a enseñar que en su concepción María había sido libre del pecado original.

El hecho indisputable de que tal creencia era una novedad en la Iglesia de Roma queda evidenciado por la reacción del Doctor Melifluo, Bernardo de Claraval (1090-1153; el mismo que escribió Las glorias incomparables de María). Cuando la fiesta de la Inmaculada Concepción se introduce en Lyon en 1140, el abad de Claraval “la desaconseja como novedad infundada, enseñando que María había sido santificada después de su concepción...” (Ott, o.c., p. 317; negritas añadidas).

Oposición de Tomás de Aquino

El decidido antagonismo de Bernardo de Claraval a la doctrina de la inmaculada concepción no fue en absoluto un caso aislado. De igual modo, los principales teólogos católicos del mismo siglo y del siguiente se opusieron a la doctrina de la inmaculada concepción. Entre ellos cabe mencionar a Pedro Lombardo (1100-1160), Alejandro de Hales (1170-1245), Buenaventura (1221-1274), Alberto Magno (1200-1280) y su más grande discípulo, Tomás de Aquino (1225-1274). Este último enseñaba que María fue santificada desde el vientre de su madre, pero no desde el instante mismo de su concepción, sino más tarde. Tomás escribió en la Summa Theologica según su método acostumbrado, los argumentos (Objeciones) a favor de la inmaculada concepción. Vale la pena transcribir su exposición.

¿Fue la Bendita Virgen santificada antes de recibir el alma?

Objeción 1. Pareciera que la Bendita Virgen fue santificada antes de recibir el alma. Porque, como hemos dicho, se le otorgó más gracia a la Virgen Madre de Dios que a cualquier otro santo. Ahora bien, parece que se les concedió a algunos ser santificados antes de la recepción del alma. Pues está escrito (Jer. 1:5): "Antes de que te formase en el vientre de tu madre, yo te conocí"; y el alma no es infundida antes de la formación del cuerpo. De igual modo dice Ambrosio de Juan el Bautista (Comment. in Luc. i, 15): "Aún el espíritu de vida no estaba en él y ya poseía el Espíritu de gracia." Mucho más, por tanto, pudo la Bendita Virgen haber sido santificada antes de la animación.

Objeción 2. Además, como dice Anselmo (De Concep. Virg. xviii), "fue apropiado que esta Virgen resplandeciese con tal pureza que por debajo de Dios no puede imaginarse ninguna mayor ": por lo cual está escrito (Cant 4:7): "Tú eres en todo hermosa, mi amada, y no hay mancha en ti." Pero la pureza de la Bendita Virgen podría haber sido mayor si ella nunca hubiese estado manchada por el contagio del pecado original. Por tanto, le fue concedido ser santificada antes de que su carne recibiese el alma.

Objeción 3. Además, como se dijo arriba, no se celebra ninguna fiesta excepto la de algún santo. Pero algunos guardan la fiesta de la Concepción de la Bendita Virgen. Por tanto pareciera que en su mismísima concepción fue santa; y de aquí que fue santificada antes de recibir el alma.

Objeción 4. Además, el Apóstol dice (Rom. 11:16): "Pues si la raíz es santa, así son las ramas." Ahora bien, la raíz de los hijos son sus padres. Por tanto, la Bendita Virgen pudo ser santificada ya en sus padres, antes de recibir el alma.

Por el contrario. Las cosas del Antiguo Testamento eran figuras del Nuevo, según 1 Cor. 10:11: "Todas las cosas les ocurrieron en figura." Ahora bien, la santificación del Tabernáculo, del cual está escrito (Salmo 45:5): "El Altísimo ha magnificado su propio tabernáculo” parece significar la santificación de la Madre de Dios, quien es llamada “el Tabernáculo de Dios” según el Salmo 18:6: "Él ha establecido su tabernáculo en el sol.” Pero del tabernáculo está escrito (Ex. 40:31,32 [¿?]): "Después de que todo fue perfeccionado, la nube cubrió el tabernáculo del testimonio, y la gloria del Señor lo llenó.” Por tanto tampoco la Bendita Virgen fue santificada hasta que todo en ella fue perfeccionado, es decir, su cuerpo y alma.

Respondo que. La santificación de la Bendita Virgen no puede entenderse como ocurrida antes de la recepción del alma, por dos razones. Primero, porque la santificación de la que hablamos no es sino la limpieza del pecado original; pues la santificación es una “limpieza perfecta”, como dice Dionisio (Div. Nom. xii). Ahora bien, el pecado original no puede ser quitado excepto por gracia, el sujeto de la cual es solamente la criatura racional. Por tanto, antes de la infusión del alma racional, la Bendita Virgen no fue santificada.

Segundo, porque, ya que solamente la criatura racional puede ser el sujeto del pecado, la descendencia concebida no es capaz de pecar. Y así, en cualquier manera en que la Bendita Virgen hubiese sido santificada antes de recibir el alma, nunca hubiese podido incurrir en la mancha del pecado original; y de este modo no hubiese necesitado la redención y salvación que son por Cristo, de quien está escrito (Mt. 1:21): "Él salvará a su pueblo de sus pecados.” Pero esto es inapropiado, por implicar que Cristo no es el “salvador de todos los hombres”, como es llamado (1 Tim. 4:10). Se sigue, por tanto, que la Bendita Virgen que santificada después de recibir el alma.

Respuesta a la objeción 1. El Señor dice que “conoció” a Jeremías antes de que fuese formado en el vientre, por conocimiento, es decir, de predestinación; pero dice que lo “santificó” no antes de su formación, sino antes de que “saliera del vientre”, etc. Con respecto a lo cual dice Ambrosio, o sea que en Juan el Bautista no estaba el espíritu de vida cuando ya estaba el Espíritu de gracia, por espíritu de vida no hemos de entender el alma que da vida, sino el aire que respiramos. O puede decirse que en él no estaba el espíritu de vida, esto es el alma, en cuanto a sus operaciones manifiestas y completas.

Respuesta a la objeción 2. Si el alma de la Bendita Virgen nunca hubiese incurrido en la mancha del pecado original, esto sería lesivo de la dignidad de Cristo, por causa de que él es el universal Salvador de todos. Consecuentemente después de Cristo, quien, como Salvador universal de todos, no necesitaba ser salvado, la pureza de la Bendita Virgen ocupa el lugar más elevado. Pues Cristo no contrajo el pecado original en absolutamente ninguna manera, sino que fue santo desde su mismísima concepción, según Lucas 1:35: “El santo Ser que nacerá de ti será llamado el Hijo de Dios.” Pero la Bendita Virgen ciertamente contrajo el pecado original, mas fue limpiada de él antes de su nacimiento desde el vientre. Esto es lo que se significa (Job 3:9) donde está escrito de la noche del pecado original “que espere luz”, es decir, Cristo, “y no la vea” (porque “nada inmundo viene a ella”, como está escrito, Sap 7:25), "que tampoco vea el rayar de la aurora” , esto es de la Bendita Virgen, quien en su nacimiento era inmune al pecado original.

Respuesta a la objeción 3. Aunque la Iglesia de Roma no celebra la Concepción de la Bendita Virgen, sí tolera la costumbre de ciertas iglesias que sí guardan aquella fiesta, por lo cual ella no ha de ser enteramente reprobada. De todos modos, la celebración de esta fiesta no nos da a entender que ella era santa en su concepción. Pero ya que no se sabe cuándo fue santificada, la fiesta de su Santificación, más que la fiesta de su concepción, se celebra en el día de su concepción.

Respuesta a la objeción 1. La santificación es doble. Una es la de toda la naturaleza: en la medida en que toda la naturaleza humana es liberada de toda corrupción de pecado y castigo. Esto ha de ocurrir en la resurrección. La otra es la santificación personal. Ésta no se transmite a los hijos engendrados de la carne; porque no considera la carne, sino la mente. Consecuentemente, aunque los padres de la Bendita Virgen fueron limpiados del pecado original, de todos modos ella contrajo el pecado original, ya que fue concebida por vía de la concupiscencia de la carne y la relación entre varón y mujer; pues dice Agustín (De Nup. et Concup. i): "Toda carne nacida de relación carnal es pecaminosa."

Tomás de Aquino, Summa Theologica III, 27: 2.

[1]

 

3. La verdadera base de la doctrina: el “sentir del pueblo”

A pesar de la firme oposición de los maestros de los siglos XII y XIII, la doctrina de la inmaculada concepción ganó terreno en parte gracias a la defensa que de ella hicieron los franciscanos, en particular Juan Duns Escoto (1264-1308). El llamado Doctor Subtilis acuñó incluso el peculiar término “prerredención” para expresar su idea de que no es absolutamente necesario que la santificación preceda cronológicamente a la infusión del alma, sino que basta una prioridad conceptual.

Según Duns Escoto, María necesitó ser redimida por Cristo como cualquier otro ser humano, pero accedió a la forma más perfecta de redención, aquella que no la limpió sino que la preservó del pecado original. La falta absoluta de precedente bíblico y la ausencia de necesidad lógica de esta extraña y novedosa enseñanza no bastaron para atenuar el entusiasmo popular. Lo cierto es que el Doctor Subtilis le proveyó a los fieles de la Iglesia de Roma una excusa más o menos racional para enseñar lo que la gente prefería creer.

A partir de entonces quedó relativamente allanado el camino para la doctrina de la Inmaculada Concepción. En 1439 el Concilio de Basilea, que no es tenido por ecuménico en el catolicismo, afirmó la creencia como una opinión piadosa conforme a la fe católica, la razón y las Escrituras. En 1476 el papa Sixto IV, franciscano como el Doctor Subtilis, aprobó la fiesta de la Inmaculada Concepción con su propia liturgia. A pesar de sus obvias simpatías hacia la doctrina, Sixto se abstuvo de transformarlo en un dogma. Y es que todavía distaba de ser unánimemente aceptado en Occidente.

Prueba de ello es que en la Constitución Grave nimis del 4 de setiembre de 1483, el mismo Sixto IV debió censurar duramente a los predicadores que “no se han avergonzado de afirmar hasta ahora públicamente en sus sermones al pueblo por diversas ciudades y tierras ... que todos aquellos que creen y afirman que la inmaculada Madre de Dios fue concebida sin mancha de pecado original, cometen pecado mortal, o que son herejes celebrando el oficio de la misma inmaculada concepción, y que oyendo los sermones de los que afirman que fue concebida sin esa mancha, pecan gravemente”. Al mismo tiempo, Sixto IV tampoco admitió que se condenase a quienes se oponían al dogma; en la misma Constitución, en efecto, reprendía también a los que

...se atrevieren a afirmar que quienes mantienen la opinión contraria, a saber, que la gloriosa Virgen María fue concebida con pecado original, incurren en crimen de herejía o pecado mortal, como quiera que no está aún decidido por la Iglesia Romana y la Sede Apostólica... (Denzinger # 735).

 

4. Un Magisterio vacilante

La conducta del papa Sixto IV impresiona por una parte como la de un administrador ecuánime y digno de encomio, pero por otra ilustra claramente cómo se establecieron los dogmas peculiares del catolicismo. Según enseña hoy la doctrina católica, en virtud de su oficio apostólico como sucesor de Pedro y vicario de Cristo en la tierra, el papa tiene el carisma de la infalibilidad, que le libra de error al definir dogmáticamente asuntos referidos a la doctrina y a las costumbres. Si esto fuera cierto, resulta muy difícil de explicar por qué se abstuvo de zanjar dogmáticamente la cuestión en lugar de pronunciarse de manera definida según sus atribuciones y responsabilidades. La razón es, desde luego, que la doctrina de la infalibilidad papal todavía no había sido concebida.

Es harto significativo que incluso en el siglo XVI, el Concilio de Trento, sin tratar específicamente el tema, dejara explícitamente fuera del Decreto sobre el pecado original del 17 de junio de 1546, a la Bienaventurada María, sin pretender avanzar en el asunto de la inmaculada concepción más allá de lo que lo había hecho Sixto IV un siglo y medio antes.

Declara, sin embargo, este mismo santo Concilio que no es intención suya comprender en este decreto, en que se trata del pecado original, a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, Madre de Dios, sino que han de observarse las constituciones del Papa Sixto IV, de feliz recordación, bajo las penas en aquellas Constituciones contenidas, que el Concilio renueva.” (Denzinger # 792).

 

Es muy significativa la reticencia del Concilio de Trento, piedra angular de la contrarreforma católica, en definir de una vez la doctrina de la inmaculada concepción, si se tiene en cuenta que este Concilio no vaciló en establecer para la Iglesia de Occidente una serie de dogmas fundamentales.

Poco más de un siglo más tarde, precisamente el 8 de diciembre de 1661, en la Bula Sollicitudo omnium Ecclesiae, el papa Alejandro VII básicamente ratificó lo actuado por su antecesor Sixto IV y el concilio de Trento, llamando a la inmaculada concepción “un antiguo y piadoso sentir” que abrazan “ya casi todos los católicos”. En 1708 Clemente XI hizo de la fiesta una observancia obligatoria para toda la Iglesia Católica.

 

5. La mendacidad de Pío IX

Como puede verse, la doctrina de la inmaculada concepción avanzó lentamente no como algo reconocido por todos desde el principio, sino como una novedad que de manera gradual y progresiva ganó terreno en la piedad popular. Inicialmente rechazada por los teólogos más eminentes, fue luego defendida por otros y de a poco admitida con reservas, con creciente simpatía por parte del Magisterio.

Vistos los antecedentes históricos, no es de extrañar que finalmente en el siglo XIX la inmaculada concepción fuese elevada a la categoría suprema de dogma de fe católica definida por Pío IX en la Bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854. La parte de la Bula que contiene la definición propiamente dicha es como sigue :

Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe por tanto ser firme y constantemente creída por todos los fieles.

A la cual le sigue, como no podía ser de otro modo, el anatema de rigor:

Por lo cual, si alguno, lo que Dios no permita, pretendiere en su corazón sentir de modo distinto a como por Nos ha sido definido, sepa y tenga por cierto que está condenado por su propio juicio, que ha sufrido naufragio en la fe y se ha apartado de la unidad de la Iglesia, y que además, por el mismo hecho, se somete a sí mismo a las penas establecidas por el derecho, si lo que en su corazón siente se atreviere a manifestarlo de palabra o por escrito o de cualquiera otro modo externo.

Este texto figura en Denzinger # 1641. Lo que no aparece allí es la fundamentación que Pío IX ofreció en la citada Bula. El hecho es que en dicho argumento se falsea de manera difícilmente accidental la verdad acerca del origen, desarrollo y aceptación de la doctrina que se proclama. He aquí algunas de las afirmaciones más interesantes de Pío IX:

La Iglesia Católica, dirigida por el Santo Espíritu de Dios, es la columna y el fundamento de la verdad y siempre ha sostenido como divinamente revelada y como contenida en el depósito de la revelación celestial esta doctrina concerniente a la inocencia original de la augusta Virgen –una doctrina que está tan perfectamente en armonía con su maravillosa santidad y preeminente dignidad como Madre de Dios- y así nunca ha cesado de explicar , de enseñar y de promover esta doctrina época tras época de muchas formas y por actos solemnes. (negritas añadidas).

Como vimos, es patentemente falso que esta doctrina haya sido creída siempre, ni siquiera dentro de la Iglesia de Roma. Pero hay más mentiras:

Ahora, en la medida en que todo cuanto pertenece a la adoración sagrada está íntimamente conectado con su objeto y no puede tener ni consistencia ni durabilidad si tal objeto es vago o incierto, nuestros predecesores, los Romanos Pontífices, por tanto, mientras dirigían todos sus esfuerzos hacia un aumento de la devoción, hicieron su objetivo no sólo el de enfatizar el objeto con el mayor celo, sino también de enunciar la doctrina exacta. (negritas añadidas).

Esto es falso por completo; por el contrario, como hemos visto, los papas Sixto IV y Alejandro VII, así como el Concilio de Trento, fueron deliberadamente vagos en sus enseñanzas al respecto, absteniéndose de definiciones dogmáticas al respecto. Habiendo mentido acerca de la actitud de la Iglesia y de sus predecesores, Pío IX no vaciló en mutar la verdad acerca de los teólogos:

Todos son conscientes de con cuánta diligencia esta doctrina de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios ha sido transmitida, propuesta y defendida por las más destacadas órdenes religiosas, por las más celebradas academias teológicas, y por eminentísimos doctores en las ciencias de la teología. (negritas añadidas).

Esto sería verdad si se excluyera a todos los Padres orientales y occidentales de los primeros siglos, y a Bernardo de Claraval, Pedro Lombardo, Alejandro de Hales, Buenaventura, Alberto Magno y Tomás de Aquino...

Y ciertamente, ilustres documentos de venerable antigüedad, tanto de la Iglesia Oriental como de la Occidental, muy vigorosamente testifican que esta doctrina de la Inmaculada Concepción de la Beatísima Virgen, la cual fue cotidianamente más y más espléndidamente explicada, establecida y confirmada por la más alta autoridad, enseñanza, celo, conocimiento, y sabiduría de la Iglesia, y la cual fue diseminada entre todos los pueblos y naciones del mundo católico de manera maravillosa – esta doctrina siempre existió en la Iglesia como una doctrina que ha sido recibida de nuestros ancestros, y que ha sido estampada con el carácter de una doctrina revelada.” (negritas añadidas)

 

No existe la más mínima evidencia histórica de esta afirmación, y de hecho Pío IX no pudo citar ninguno de los “ilustres documentos” de los que presume. Para proclamar como dogma una doctrina que era por entonces creída, este Papa formuló una serie de declaraciones tan altisonantes como huecas. No había documentación que pudiera probar sus aseveraciones y por tanto, ellas fueron realizadas sin aporte documental alguno.

En consecuencia, ya que es evidente que las consideraciones sobre las que la definición de la Inmaculada Concepción se fundamenta son irremediablemente falsas, no cabe pensar mejor acerca de la doctrina misma.

Fernando D. Saraví

Revisado en Junio de 2004.


[1] (Comentario del Webmaster) En un foro de debate, y ante los contundentes argumentos que se exponen en este artículo, un forista católico, intentando despegarse de la aplastante evidencia, contra-argumentó: -"Según la doctrina católica ni Santo Tomás de Aquino, ni San Agustín de Hipona, ni Santa Teresa de Jesús, ni Santa Teresita de Liseux, ni tantos padres y doctores de la Iglesia eran infalibles..." Tengamos en cuenta que el Catecismo Católico de 1992 es declarado por el Romano Pontífice como una exposición de fe y doctrina de la Iglesia Católica [Romana] (CIC punto 4, Valor Doctrinal del Texto). Pues, en este catecismo, Tomás de Aquino es citado como sustento de lo afirmado en 24 de sus numerales (114, 143, 412, 795, 1118, 1381, 1719, 1759, 1766, 1767, 1849, 1856, 1902, 1951, 1955, 1964, 1973, 1976, 2132, 2176, 2263, 2264, 2302, 2469). Consecuentemente, y conforme reconoce el forista católico, la fe y doctrina de la Iglesia Católica está sustentada, en parte, en afirmaciones de hombres falibles. Si el considerado por la Iglesia de Roma como "gran teólogo" Tomás de Aquino hubiera vivido en 1854, o bien se acogía sumisamente al dogma decretado, aún a pesar de su disconformidad, o hubiera sido declarado hereje. Lo que cuesta entender es cómo puede ser que este teólogo romanista, de pluma tan prolíficamente útil para la Iglesia de Roma, puede haber estado tan en discordancia con lo que 19 siglos después de los hechos referidos consideró "oportuno" decretar infaliblemente uno de sus Papas. También es sabido que, en la Iglesia de Roma, negar pertinazmente una verdad de fe es causal suficiente para ser declarado hereje (CIC N° 2089). Y que antes de 1854 esta doctrina infalible no existía como "revelación de fe para ser obligatoriamente creída" (CIC N°88) ¿Significa, entonces, que con el paso del tiempo, Dios va agregando condiciones y requisitos a su rebaño?

 

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