El Canon Bíblico El Canon del Antiguo Testamento por Fernando Saraví |
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A menudo se nos pregunta qué diferencia hay entre la «Biblia Católica» y la «Biblia Evangélica». La respuesta es que son idénticas en el Nuevo Testamento, pero las Biblias católicas incluyen en el Antiguo Testamento algunos libros y porciones de libros que no se encuentran en las Biblias evangélicas. Si a continuación se nos preguntan la razón de esta diferencia, una respuesta breve es que nosotros (Cristianos Evangélicos) nos apegamos al canon hebreo (palestino), en tanto que los Católicos definieron otro canon más largo en el siglo XVI, en el Concilio de Trento convocado por la Iglesia Católica en contra del movimiento de Reforma Protestante. La siguiente es una lista corregida de mensajes que puse en un foro [de debate] católico como respuesta a un escrito que presentaba los argumentos en favor del canon "largo" definido en Trento, bajo el provocativo título “La Biblia Católica: Escritura Completa”. Los párrafos en negrita corresponden a dicho documento [opiniones forista católico], al cual respondo de manera detallada.
En su canon del Antiguo Testamento, tanto
las Biblias protestantes como las ortodoxas difieren de las católicas. Las
protestantes tienen menos libros, y las ortodoxas más libros, que las
católicas. .
Adiciones a Daniel
1 Esdras (= 2 Esdras en eslavo = 3 Esdras en
el apéndice a la Vulgata). En un apéndice a la Biblia griega: 4 Macabeos
(Fuente: The Holy Bible with Apocrypha. New Revised Standard Version. New York: American Bible Society, 1989, p. vi).
La denominación de “deuterocanónicos” data del siglo XVI. Por cierto, según el autor del artículo “Canon del Antiguo Testamento” en la Encyclopedia Catholica, “deuterocanónico” es un término poco feliz.
Si se esconde bajo un pseudónimo debe hablarse propiamente de literatura pseudoepigráfica. Los evangélicos les llamamos apócrifos porque fue el calificativo con el cual se les conoció desde muchos siglos antes que se pergeñara el término “deuterocanónico” después del Concilio de Trento. Otra forma, tal vez la más correcta, es llamarlos “libros eclesiásticos”.
Error. La carta a los Hebreos es anónima,
como lo son en sentido estricto, entre otros, los cuatro Evangelios
canónicos y las cartas de Juan. ¿quién habrá asesorado al autor de este
artículo?
Bien dice, “como sea”: ese es el punto que desea tratar. La precisión parece un asunto secundario.
¿De veras? ¿A nadie antes se le había ocurrido considerar el asunto? El autor hace aquí referencia a un sínodo reunido en Hipona, cuyas actas no se conservan. Sus decisiones fueron sostenidas, empero, en otros de Cartago de 397 y 419. Todos ellos bajo la influencia de San Agustín sobre cuya opinión podemos hablar más tarde. Estos tres Concilios, sin embargo, fueron sínodos locales carentes de autoridad vinculante para la Iglesia universal; y prueba evidente de ello es que muchos Padres ortodoxos y diversos escritores eclesiásticos posteriores mantuvieron la distinción entre los libros del canon hebreo y los llamados apócrifos o eclesiásticos.
De acuerdo, pero no es posible poner “el carro delante del caballo”.
Aunque los protestantes discrepemos en otras enseñanzas católicas, estamos
de acuerdo con esta declaración acerca de la naturaleza de los libros
canónicos: Dado que los libros sagrados tienen una autoridad intrínseca que proviene de su Autor, su carácter canónico no depende de la sanción humana en general, ni eclesiástica en particular. La Iglesia no decidió ni decretó el canon, sino que lo discernió o reconoció, y a continuación lo confesó y proclamó. En esto cumplió su vocación como columna y baluarte de la verdad.
Martín Lutero (1483-1546) no había entrado a la Universidad ni mucho menos había sido ordenado al finalizar el siglo XV. Es obvio que nuestro autor no es muy cuidadoso en sus afirmaciones. Además, las opiniones del Dr. Lutero no diferían mucho de las sostenidas muy poco antes que él por algunos ilustres y muy ortodoxos biblistas católicos (sin contar los Padres).
Lo del "canon Alejandrino" es una leyenda que ya no puede sostenerse. Una cosa es que los judíos helenísticos emplearan la Septuaginta, y otra muy diferente es que tuvieran un canon diferente del Hebreo. Durante mucho tiempo se habló de un “canon Alejandrino” más amplio que el Hebreo. Sin embargo, no existe evidencia de que tal canon más amplio haya existido jamás. Copio a continuación dos citas representativas del estado actual de la opinión:
El canon Alejandrino
Encyclopedia Britannica Julio Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana. Madrid: Trotta, 1993, p. 241-242. Es bien sabido que el filósofo judío, Filón de Alejandría, a pesar de vivir en la ciudad donde supuestamente se originó el canon alternativo, jamás cita los apócrifos/deuterocanónicos.
Las discusiones de los rabinos en Jamnia (entre 85 y 115), en una academia establecida por Yohanan ben Zakkai, no “quitaron” siete libros que nunca estuvieron allí en primer lugar. Las discusiones giraron en torno a la propiedad de la pertenencia de algunos libros como Ezekiel, Cantares, Qohélet (Eclesiastés) y Ester, que ya eran aceptados. Y de hecho, no modificaron en absoluto lo que hacía tiempo estaba establecido. “El resultado de sus debates [de Yohanan ben Zakkai y otros] fue que, pese a las objeciones, Proverbios, Eclesiastés, Cantares y Ester fueron reconocidos como canónicos; Eclesiástico no fue reconocido (TB Shabbat 30 b; Mishná Yadaim 3:5; TB Magillah 7 a; TJ Megillah 70 d). Los debates de Jamnia «no tienen que ver con la aceptación de ciertos escritos dentro del Canon, sino más bien con su derecho a permanecer allí» (A. Bentzen, Introduction to the Old Testament, i [Copenhagen, 1948], p. 31). Hubo alguna discusión previa en la escuela de Shammai acerca de Ezekiel, que ya hacía mucho estaba incluido entre los Profetas, pero cuando un rabino ingenioso mostró que realmente no contradecía a Moisés, como se había alegado, se allanaron las dudas (TB Shabbat 13 b).” F.F. Bruce, Tradition Old and New. The Paternoster Press, 1970, p. 133, n. 1 (TB = Talmud de Babilonia; TJ = Talmud de Jerusalén).
1. El canon católico no es igual ni al ortodoxo ni al protestante. 2. Los libros de los que tratamos se denominan históricamente “apócrifos” o “eclesiásticos”. La denominación “deuterocanónicos” es tardía (siglo XVI). 3. No hubo decisión taxativa y precisa de ningún concilio ecuménico acerca de la extensión del canon antes del gran cisma del siglo XI. Las decisiones de sínodos locales no obligan a toda la cristiandad. 4. Las opiniones de Lutero sobre el canon del Antiguo Testamento no diferían de la de muchos Padres ni de las de eruditos católicos contemporáneos suyos. 5. No hay evidencia de que haya existido un “canon alejandrino” a la par del canon hebreo del Antiguo Testamento.
6. Los rabinos reunidos en Jamnia no introdujeron modificaciones. Tras
muchas deliberaciones, terminaron ratificando el canon que era aceptado
desde mucho tiempo atrás, probablemente de la era precristiana.
Como ya dije, es un error sostener que los fariseos “decidieran” 39 libros en el siglo II. Más bien, en ese tiempo quedó formalmente establecida la posición sostenida por mucho tiempo antes de su “oficialización”. En cuanto a los saduceos, la noción de que solamente admitían la Torá (los cinco libros de Moisés, o Pentateuco) parece haber surgido de una confusión de algunos Padres como Hipólito, Orígenes y Jerónimo. He aquí el juicio de dos referencias confiables: La opinión de numerosos Padres de la Iglesia en el sentido de que los saduceos reconocían únicamente el Pentateuco y rechazaban los Profetas no cuenta con apoyo alguno en Josefo y, en consecuencia, es considerada errónea por la mayor parte de los investigadores modernos. Emil Schürer, Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús. Edición revisada por Geza Vermes y otros. Trad. Cast. Madrid: Cristiandad, 1985, vol. 2, p. 530-531. Su actitud fundamental es una fidelidad al sentido literal de la escritura, el mantenimiento de la Sola Scriptura, frente a las tradiciones y a la ley oral de los fariseos: los sacerdotes son los únicos intérpretes auténticos de esta Torah... los saduceos, contrariamente a lo que afirmaron algunos padres de la Iglesia, admitían como Escritura otros libros además del Pentateuco, por más que éste tuviese a sus ojos valor preponderante... R. Le Déaut, Los saduceos. En Augustin George y Pierre Grelot (Dir.), Introducción Crítica al Nuevo Testamento. Trad. Cast. Barcelona: Herder, 1982, vol. 1, p. 159. En sus discusiones con los saduceos y fariseos, Jesucristo nunca se dirigió a ellos como si los primeros aceptasen un canon y los segundos otro. La principal diferencia era que los fariseos sostenían la existencia de dos Leyes, la escrita (en particular el Pentateuco) y la oral, que también habría sido dada a Moisés en el Sinaí. Los saduceos no aceptaban la presunta “torah oral” que para los fariseos era vinculante. Y si bien es cierto que los saduceos consideraban al Pentateuco como dotado de una autoridad especial por encima de los Profetas y los Escritos (la segunda y tercera divisiones del canon hebreo), también los fariseos tenían al Pentateuco en particular estima. Por ejemplo, en el Talmud -que refleja la tradición farisea- se establece que puede venderse un rollo de los Profetas para adquirir uno de la Ley, pero que lo inverso es ilícito.
No cabe duda de que la Septuaginta (versión de los LXX, una traducción del Antiguo Testamento al griego producida en Alejandría entre los siglos III a I a.C.) fue la Biblia empleada corrientemente por los apóstoles, los escritores del Nuevo Testamento y los primeros cristianos. Pero este hecho no convalida la autoridad canónica de los libros eclesiásticos, por varias razones. En primer lugar, porque en la época apostólica no había otra traducción a la cual apelar. En segundo lugar, porque el Nuevo Testamento jamás cita un libro apócrifo/eclesiástico como Escritura (no porque sus autores no los conocieran). En tercer lugar, porque no hay evidencia de que en la era precristiana la Septuaginta circulase en códices con todos los libros compilados en una misma encuadernación. El modo usual era el rollo, por lo cual el texto bíblico circulaba como rollos separados.
Difícilmente pudieran decirse más inexactitudes en igual espacio. 1. En 382 nadie le pidió a Jerónimo que tradujese “la Biblia” al latín. Por ese año, el obispo de Roma, Dámaso I, le solicitó a Jerónimo, a quien tenía en gran estima como erudito bíblico, que revisara los Evangelios y los Salmos de la antigua versión latina. Jerónimo puso manos a la obra y completó la tarea con bastante rapidez. 2. Luego de la muerte de Dámaso en 384, Jerónimo emigró al Oriente, y en 386 se estableció en Belén de Judea. Allí continuó por su propia cuenta (sin encargo oficial) con una traducción al latín basada en el texto de la Septuaginta. Pero llegó a la conclusión de que para hacer bien su tarea, debía basarse en el texto hebreo. De modo que aproximadamente entre 391 y 404 Jerónimo se ocupó de esta labor. 3. Los concilios provinciales de Hipona (393) y Cartago (397) tomaron como texto estándar no la Vulgata de Jerónimo –que estaba en plena preparación y por siglos no sería conocida por tal nombre- sino la versión Latina Antigua. 4. Jerónimo expresó su punto de vista sobre el canon del Antiguo Testamento privadamente en el prefacio a Samuel y Reyes, dirigido a sus amigos Eustoquio y Paula, que data de 391. Jerónimo enumera el canon hebreo exactamente, y da cuenta de la doble numeración como 24 ó 22, según si Ruth y Lamentaciones se contasen por separado o añadidos, respectivamente, a Jueces y Jeremías: “Y así hay también veintidós libros del Antiguo Testamento; esto es, cinco de Moisés, ocho de los profetas, nueve de los hagiógrafos, aunque algunos incluyen Ruth y Kinoth (Lamentaciones) entre los hagiógrafos, y piensan que estos libros han de contarse por separado; tendríamos así veinticuatro libros de la Antigua Ley”. Desde luego, los 22 ó 24 se corresponden exactamente con el canon hebreo y protestante; la diferencia entre los 39 contados por este último se debe a que Esdras-Nehemías, Samuel, Reyes y Crónicas se cuentan como dos libros cada uno (suma 4), y los Profetas menores, que se incluían un solo rollo en la Biblia hebrea, se cuentan por separado (suma 11). Luego prosigue Jerónimo: “Este prólogo a las Escrituras puede servir como un prefacio con yelmo [galeatus] para todos los libros que hemos vertido del hebreo al latín, para que podamos saber –mis lectores tanto como yo mismo- que cualquiera [libro] que esté más allá de estos debe ser reconocido entre los apócrifos. Por tanto, la Sabiduría de Salomón, como se la titula comúnmente, y el libro del Hijo de Sirá [Eclesiástico] y Judit y Tobías y el Pastor no están en el Canon.” Jerónimo trazó la diferencia entre los libros canónicos y los eclesiásticos como sigue: “Como la Iglesia lee los libros de Judit y Tobit y Macabeos, pero no los recibe entre las Escrituras canónicas, así también lee Sabiduría y Eclesiástico para la edificación del pueblo, no como autoridad para la confirmación de la doctrina.” De igual modo, subrayó que las adiciones a Ester, Daniel y Jeremías (el libro de Baruc) no tenían lugar entre las Escrituras canónicas. Fuente: Prefacio a los Libros de Samuel y Reyes. En Nicene and Post-Nicene Fathers, 2nd Series, vol. 6, p. 489-490.
"Que [Paula] evite todos los escritos apócrifos, y si ella es llevada a leerlos no por la verdad de la doctrinas que contienen sino por respeto a los milagros contenidos en ellos, que ella entienda que no son escritos por aquellos a quienes son adjudicados, que muchos elementos defectuosos se han introducido en ellos, y que requiere una discreción infinita buscar el oro en medio de la suciedad." Epístola 107:12 (Nicene and Post-Nicene Fathers, 2nd Series, vol. 6, p. 194) ; negritas añadidas.
Como puede verse, el autor del artículo simplemente desconoce los hechos.
¿Por qué, diría yo, dar autoridad a los judíos de la diáspora por encima de los de Judea? Este argumento es uno de los más extraños que presenta el autor de este curioso escrito. Primero apela a la existencia de un supuesto “canon Alejandrino” más amplio que el Hebreo. Ahora argumenta que los judíos no tenían autoridad en primer lugar para decidir qué libros del Antiguo Testamento eran canónicos. En otras palabras, les niega a los judíos palestinos la autoridad que les reconoce a los judíos de la diáspora. ¿con qué criterio? ¿no son unos y otros judíos? ¿los judíos de Roma que aparecen en Hechos 28, o los de Tesalónica, etc, eran más judíos que los residentes en Palestina? Si se arguye que la decisión fue tomada en Jamnia a fines del siglo I, replico que se equivocan. Como ya indiqué antes, en Jamnia sólo se ratificó un consenso que venía de mucho antes.
Otro concentrado de inexactitudes a las cuales nos tiene acostumbrado el anónimo autor. Lutero en particular no era lo que se dice un apasionado de las opiniones judías. Los Reformadores admitieron el canon Hebreo porque su autenticidad era indudable, y porque los más doctos eruditos y Padres eran de igual opinión. Sí es correcto que los llamaron apócrifos, siguiendo a Jerónimo. Pero no es cierto que los sacaron de la Biblia. Por siglos continuaron siendo incluidos en las principales versiones protestantes, a menudo agrupados entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En general, con la advertencia de Jerónimo, de que debían emplearse para edificación pero no para formular o defender doctrinas.
¿En qué quedamos? Primero dice que los quitó, ahora que no los quitó...
El criterio distintivo de Lutero fue hasta
qué punto cada libro daba testimonio de Cristo. Pero Los 39 artículos son anglicanos. No fueron escritos por Lutero.
La decisión definitiva de la SBBE se tomó en 1826 y se sostuvo hasta 1968. Los excluyeron por razones prácticas, ya que de todos modos no los consideraban inspirados. Otras Sociedades Bíblicas continuaron incluyéndolos conforme al uso eclesiástico establecido.
Los libros se incluían en los manuscritos y en las primeras versiones impresas. Ello no les confería condición canónica, sino que daba testimonio de un uso antiguo. Durante siglos los libros apócrifos/eclesiásticos/deuterocanónicos habían estado allí, lo que no significaba que se los considerase canónicos al mismo nivel que el canon hebreo. Lo que tuvo de particular la decisión de Trento es que por primera vez un concilio que pretendía ser ecuménico se arrogó la potestad de establecer como artículo de fe la lista de libros canónicos incluyendo los apócrifos, con el acostumbrado anatema para quienes la rechazaren. Como es bien sabido, en los grandes concilios ecuménicos de la antigüedad (antes del cisma entre la Iglesia Occidental y la Oriental) participaban cientos de obispos. No ocurrió otro tanto en Trento, el concilio que determinó dogmáticamente la posición católica con respecto al canon de la Biblia. Es un hecho que el Concilio de Trento tuvo una historia tan larga como accidentada. Fue inaugurado el 13 de diciembre de 1545 tras inevitables dilaciones, “con la asistencia de sólo 31 obispos, en su mayoría italianos... El concilio se había asignado además su propia forma, que se alejaba notablemente del estatuto de los concilios del siglo quince.” (Hubert Jedin, S.J., Breve historia de los Concilios. Barcelona: Herder, 1963, p. 115, 116). Luego se agregaron más obispos. Una de las primeras cosas a considerar fue el tema de la revelación y las relaciones entre Escritura y Tradición. “Se gestó considerable debate sobre si debía hacerse una distinción entre dos clases de libros (Canónicos y Apócrifos) o si debían identificarse tres clases (Libros Reconocidos; Libros Disputados del Nuevo Testamento, luego generalmente reconocidos; y los Apócrifos del Antiguo Testamento). Finalmente el 8 de abril de 1546, por un voto de 24 a 15, con 16 abstenciones, el Concilio sancionó un decreto (De Canonicis Scripturis) en el cual, por vez primera en la historia de la Iglesia, la cuestión del contenido de la Biblia fue hecho un artículo absoluto de fe y confirmado con un anatema.” Bruce M. Metzger, The Canon of the New Testament- Its origin, development, and importance. Oxford: Clarendon Press, 1987, p. 246; negritas añadidas.
2. La Septuaginta fue ampliamente usada por los cristianos, pero no hay evidencia de que en la época apostólica circulase en forma de códice (libro) encuadernado con inclusión de los apócrifos. Tampoco hay evidencia de que Jesús o los apóstoles considerasen inspirados estos libros. 3. La traducción de Jerónimo del AT no fue encomendada por autoridad eclesiástica alguna, ni sancionada oficialmente hasta el Concilio de Trento. 4. Los cánones de Hipona y Cartago no eran vinculantes para toda la cristiandad, y Jerónimo continuó firme en su opinión después de ambos sínodos. 5. Jerónimo no tradujo la mayoría de los apócrifos, excepto Judit y Tobías a pedido de amigos. 6. La opinión de Lutero con respecto al canon no es singular. Además, no excluyó los apócrifos de su edición de la Biblia. 7. En el Concilio de Trento, en 1546, un puñado de obispos occidentales (mayormente italianos) declaró por vez primera como artículo de fe para todos los cristianos que los libros apócrifos eran Escritura sin distinción con el canon hebreo en cuanto a su canonicidad ni inspiración.
No hay comparación posible. Para la época de Jesús la división tripartita del canon –Torah, Profetas, Escritos- estaba muy claramente establecida, como lo demuestran las propias palabras del Maestro: Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.» (Lucas 24:44) Los expertos coinciden en entender aquí la referencia a los Salmos como una sinécdoque de los denominados “Escritos”. Ester formaba parte de ellos, y por tanto su canonicidad es indirectamente atestiguada aunque no se lo cite, probablemente porque los autores del NT no necesitaron hacerlo. Igualmente, Abdías y Nahum formaban parte de un único libro, el de los Doce Profetas menores. Estos constituían un único rollo, de modo que el hecho que se citen otras partes del mismo rollo (megillah-séfer), como Amós, Miqueas, Joel y Malaquías avala todo su contenido. En conjunto hay alrededor de 250 citas directas del canon hebreo del Antiguo Testamento en el Nuevo (las alusiones alcanzan 10 veces más). Sin embargo, ningún libro apócrifo/deuterocanónico se cita siquiera una vez como Escritura. Consideradas por título, se citan el 80% de los pertenecientes al canon hebreo, cifra que asciende a 90% si se consideran por rollo. Valores harto significativos comparados con el 0% de los deuterocanónicos/ apócrifos.
Antes de la era cristiana (y aún hoy en el uso litúrgico de la Biblia hebrea) las Escrituras no venían encuadernadas todas juntas, sino en rollos individuales. Esto se debía a varias razones. Una de ellas era práctica: el formato limitaba la extensión del texto que podía incluirse en cada rollo individual. Por ejemplo, el gran rollo de Isaías recuperado entre los manuscritos del Mar Muerto se aproxima a este límite con una altura de 25 cm y una extensión de algo más de siete metros. En cambio, como dije, los Profetas Menores podían ser incluidos todos en un único rollo. Era virtualmente imposible contar con todo el AT manuscrito en un solo rollo. Retornando a la afirmación de nuestro apologista, a principios de la era cristiana no existía el Antiguo Testamento en un “rollo grande” y otro “rollo pequeño”. No fue sino hacia fines del siglo I de nuestra era ó principios del siguiente que los manuscritos bíblicos comenzaron a coleccionarse en códices (formato similar al de los libros modernos). El códice era menos voluminoso y mucho más cómodo para buscar textos que el rollo, en el cual había que desenrollar un extremo y enrollar el otro hasta hallar el texto deseado; es la misma diferencia que buscar una pista en una casete y buscarla en un CD. Ahora bien, excepto por algunos fragmentos, los principales códices de la Septuaginta que han llegado a nosotros son de origen cristiano, de modo que mal pueden emplearse para sostener un presunto “canon palestino”. Los cristianos coleccionaron escritos que eran reconocidos unánimemente como canónicos junto con otros que no lo eran, tanto para el Antiguo como para el Nuevo Testamento. De modo que la mera presencia de un libro en un códice antiguo no lo torna ni canónico ni inspirado por esta sola causa (ver más abajo).
Sí, es cierto que en el fragor de la controversia Justino acusó a los judíos de haber adulterado las Escrituras. No sé cuál texto tiene en mente el autor católico, pero yo recuerdo haberlo leído en el Diálogo con Trifón el judío, capítulo 73. Allí dice: Y del salmo noventa y cinco, de las palabras de David, suprimieron estas breves expresiones: “De lo alto del madero”. Pues diciendo la palabra: «Decid entre las naciones: El Señor reina desde lo alto del madero», sólo dejaron: “Decid entre las naciones: El Señor reina”. Esta frase cuya omisión cuestiona Justino es desconocida en los manuscritos tanto hebreos como griegos. Por tanto, cabe pensar que Justino estaba errado y que su interlocutor tenía razón. Habitualmente cuando Justino menciona las Escrituras se refiere al Antiguo Testamento, al cual conoce fundamentalmente en la antigua versión Septuaginta. Un aspecto interesante es que en la actualidad los católicos apelan al hecho de que los manuscritos de la Septuaginta incluyan los libros que desde el siglo XVI llaman “deuterocanónicos” (y nosotros apócrifos) como prueba de la existencia de un imaginario “canon alejandrino” similar si no idéntico al establecido dogmáticamente en el Concilio de Trento. Ahora bien, el maestro y mártir Justino emplea la Septuaginta, de la cual cita profusamente del Pentateuco, de los profetas y de los salmos. Sin embargo, el examen de sus escritos muestra que jamás cita textos de los apócrifos/deuterocanónicos. Justino conoce también y cita los Evangelios sinópticos, a los cuales llama “memorias de los Apóstoles”, y menciona que se leían en los cultos cristianos. La mayor parte de las citas evangélicas provienen de Mateo, pero también apela a Lucas y ocasionalmente a Marcos. Rara vez apela al Evangelio de Juan, aunque debió conocerlo. Además hay en sus obras, particularmente en el Diálogo con Trifón, alusiones a algunas cartas paulinas, en concreto Efesios, Romanos y 1 Corintios; asimismo, una alusión en el capítulo 81 del citado Diálogo..., muestra que conocía el Apocalipsis y le atribuía autoridad apostólica.
Como ya he dicho y repetido, las discusiones de Jamnia no resultaron en ninguna novedad, sino en la reafirmación de lo que ya se creía desde mucho antes. No por mucho repetir una falacia se torna verdadera.
Los resultados de las discusiones de Jamnia se conservan en el Talmud. De nuevo, no decidieron el canon, sino que simplemente ratificaron, frente a algunas objeciones, el consenso precristiano. El resto de las objeciones son insustanciales. En el griego dice que «les han sido confiados los oráculos [logia] de Dios». El verbo griego es pisteuô que significa “creer”, “confiar”, “tener fe”, y en voz pasiva (como en este caso), “confiar” algo a alguien. Aparece en este último sentido en otros tres sitios del Nuevo Testamento: Lucas 16:11, 1 Timoteo 1:11 y Tito 1:3. Lucas 16:11 es una pregunta retórica de Jesús: “El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Así, pues, si no fuisteis fieles en el Dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero?” (vv. 10-11). Aquí “confiar” o “encomendar” significa claramente entregar en depósito a alguien confiable.
Los otros dos pasajes, ambos de Pablo, son
todavía más relevantes (añado negritas): Como puede verse, en las palabras del Señor se trata de confiar algo verdadero para ser custodiado. En las otras dos referencias de Pablo, el depósito de que se habla es nada menos que el Evangelio y su predicación. Por tanto, cuando el Apóstol dice que a los judíos les fueron confiados los dichos u oráculos de Dios, debe entenderse sin duda la totalidad de la revelación del Antiguo Testamento, hecho admitido por comentaristas católicos: A la pregunta formulada por el imaginario interlocutor responde Pablo, en general, que la superioridad es grande en muchos aspectos. Ante todo –y como fuente de todos los privilegios no enumerados aquí [cf. Romanos 9:1-5- Fernando D. Saraví]- , a los judíos les ha sido confiada la revelación de Dios, especialmente las promesas mesiánicas [Nota al pie: Entendemos por logia todo el A.T., sobre todo las promesas...]. José Ignacio Vicentini, S.I. Carta a los Romanos. En La Sagrada Escritura. Texto y comentario por Profesores de la Compañía de Jesús, 2ª Ed. Madrid: BAC, 1965, NT vol. II, p. 199; negritas añadidas. Además, el mismo Pablo refutó de antemano las objeciones de nuestro anónimo defensor de los apócrifos; pues el mismo texto que él cuestiona, prosigue: "Pues, ¿qué? Si algunos de ellos fueron infieles, ¿frustrará, por ventura, su infidelidad la fidelidad de Dios? ¡De ningún modo! Dios tiene que ser veraz y todo hombre mentiroso, como dice la Escritura: Para que seas justificado en tus palabras y triunfes al ser juzgado." Romanos 3:3-4 De manera que resulta muy impropio rebajar la declaración de Pablo en Romanos 3:2 cuestionando la prerrogativa divinamente otorgada a los hebreos de ser receptores, guardianes y custodios de la revelación del Antiguo Pacto. Y que esto no es modificado en absoluto por la infidelidad de una parte de Israel lo afirma explícitamente el Apóstol en el mismo texto. Además, los judíos demostraron efectivamente ser diligentes y celosísimos conservadores y guardianes de las Escrituras, como lo muestra la fidelidad de la transmisión del texto hebreo a lo largo de los siglos.
Si nos limitamos a los más antiguos códices de la Septuaginta que se conservan, es decir el Alejandrino (A), el Vaticano (B) y el Sinaítico (Alef), vemos que:
El Códice Alejandrino, del siglo V, incluye las adiciones griegas a Ester
y Daniel, Baruc, Tobit, Judit, 1 y 2 Macabeos, la Sabiduría de Salomón, y
la Sabiduría de Jesús ben Sirá (= Eclesiástico). El Códice Vaticano, del siglo IV, incluye la Sabiduría, el Eclesiástico, adiciones a Ester y Daniel, Judit, Tobit, Baruc con la epístola de Jeremías, pero también 1 Esdras, nunca aceptado como canónico, y excluye los libros de los Macabeos. El Códice Sinaítico, también del siglo IV, incluye Tobit, Judit, 1 Macabeos y ambas Sabidurías. Faltan Baruc y 2 Macabeos, pero están 4 Macabeos y, en el NT, la Epístola de Bernabé y un fragmento de El Pastor de Hermas, libros nunca tenidos por canónicos por la Iglesia Católica. Por tanto, la presencia de los libros eclesiásticos/deuteros/apócrifos en estos códices no es más garantía de su canonicidad que la de 3 y 4 Macabeos, 1 Esdras ,1 y 2 Clemente, la Epístola de Bernabé o El Pastor de Hermas.
Perfecto, esto corrobora la fidelidad con la que los escribas judíos conservaron el depósito de los oráculos de Dios, de lo cual habla Pablo en Romanos 3:2 y 9:1-5. La existencia de libros apócrifos/deuteros en Qumran no les confiere ningún valor canónico, pues se hallaron allí muchos otros libros muy apreciados por la secta que nunca ingresaron al canon hebreo ni tampoco al católico, como la Regla de la Congregación, el Génesis Apócrifo, el libro de los Jubileos y La guerra de los hijos de la luz contra los hijos de la oscuridad. Nota F.F. Bruce:
«
Pero los hombres de Qumran no han dejado una declaración indicando
precisamente cuáles de los libros representados en su biblioteca tenían
categoría de sagrada escritura en su estimación, y cuáles no. Un libro que
establecía la regla de la comunidad para la vida o la práctica litúrgica
era sin duda considerado como autoridad, del mismo modo que lo es (o lo
era) el Libro de Oración Común en la Iglesia de Inglaterra, pero esto no
le daba status escritural. F.F. Bruce, The Canon of Scripture. Downers Grove: InterVarsity Press, 1988, p. 39,40; negritas añadidas.
Como dije, “el rollo grande” significando la Septuaginta con apócrifos, solamente existe en la imaginación del autor. Las copias de la Septuaginta con apócrifos y otros libros no canónicos que se han conservado no están en forma de rollo, sino de códice (libro). Nada puede resultar “curioso” de Trento, si se recuerda que entre los obispos allí presentes difícilmente habría alguno que estuviese enterado de los hechos históricos, mucho menos de los resultados de la erudición más reciente. Tengo para mí que los obispos tridentinos obraron así porque no conocían otra cosa. La conclusión de los eruditos protestantes que nombra (sin citar) no le hace justicia a las enseñanzas de la vasta mayoría de los eruditos bíblicos que hasta el mismo siglo XVI opinaron sobre el canon.
Todo este párrafo se basa en el error ya apuntado de creer que todo el AT circulaba como un único rollo ya fuera en su versión “corta” o “larga”. Todo indica que no era así, pues en tiempos de Jesús y los Apóstoles se empleaban con exclusividad rollos separados para los diferentes libros (con algunas excepciones como Esdras-Nehemías y los Doce Profetas Menores); ver Lucas 4:17, “el volumen de Isaías” (= el rollo de Isaías; la palabra latina volumen significaba “algo enrollado”); posiblemente también 2 Timoteo 4:13 atestigua este uso. Por tanto, los Apóstoles y sus discípulos perfectamente podían usar los rollos de los libros canónicos de la Septuaginta sin por eso avalar los rollos de los apócrifos.
De nuevo, las decisiones de los sínodos locales de Hipona y Cartago no fueron vinculantes para la Iglesia Universal o Católica. Sobre el hecho de que algunos libros del canon hebreo no se citan en el Nuevo Testamento ya hablamos antes. Es cierto que el Nuevo Testamento hace alusión en Judas a un incidente que se narra en 1 Enoc, pero esto no bastaría para conceder status canónico a este libro tardío. Primero, porque es posible que ambos dependan de una fuente común. Lo que le concede status canónico a la tradición de Enoc es precisamente que es citada en el Nuevo Testamento, no al revés. Y por otra parte este libro en particular, 1 Enoc, jamás fue aceptado por católicos ni protestantes. Por lo demás, en el Nuevo Testamento también hay citas de autores paganos (Hechos 17:28, palabras que aparecen en el Himno a Zeus de Cleantes y en los Phaenomena de Arato; Tito 1:2, palabras de Epimínides; y otros posibles ejemplos). Ello no le otorga estado canónico a estos autores de la gentilidad. (Véase Poets, Pagan, Quotations from, en Merril C. Tenney, Ed., The Zondervan Pictorial Bible Dictionary. London-Edinburgh: Marshall, Morgan & Scott, 1963 p. 672.) Es asimismo correcto que en el NT existen alusiones a libros apócrifos/deuterocanónicos y a otros que no pertenecen al canon católico (pseudoepigráficos, que los católicos llaman apócrifos). La compilación más extensa que he podido hallar de estas alusiones, ¡treinta páginas! se encuentra en las pp. 190-219 de la obra de Craig A. Evans, Noncanonical Writings and New Testament Interpretation (Peabody: Hendrickson, 1992). Lo que el entusiasta apologista católico no da señales de entender es que precisamente este gran número de alusiones constituye la evidencia más palmaria de que los autores inspirados del Nuevo Testamento conocían bien estos libros, y sin embargo no los citan jamás como Escritura. Como hebreos que eran en su mayoría, es natural que conociesen mucha literatura judía no canónica, hecho que es reflejado a menudo en su lenguaje, pero aún así no extrajeron ni siquiera un texto de los apócrifos para citarlo formalmente como Escritura. Con lo cual esta evidencia, lejos de probar la tesis católica, la refuta de manera terminante.
1. En el Nuevo Testamento se citan como Escritura el 80 % de los libros canónicos (ó 90 % si se los cuenta como rollos) y 0 % de los apócrifos/deuterocanónicos. 2. En el tiempo de Jesús el Antiguo Testamento no se reunía en un libro, sino en rollos individuales con un solo libro o varios breves. Era imposible escribir todo el Antiguo Testamento en un único rollo de dimensiones manejables. 3. Romanos 3:1-2 y 9:1-5 enseña que las Escrituras del Antiguo Pacto (los oráculos de Dios y las Promesas) les fueron confiadas a los judíos, y que la infidelidad de algunos de ellos no invalidaba este hecho. Por tanto, los cristianos debemos admitir el canon hebreo. 4. Los más antiguos códices cristianos (Alejandrino, Vaticano y Sinaítico) difieren entre sí en cuanto a los apócrifos/deuterocanónicos que incluyen, y además contienen libros que nunca fueron admitidos como canónicos; por tanto la mera presencia de un libro apócrifo allí no es prueba de su canonicidad. 5. La existencia de algunos apócrifos en la biblioteca del Mar Muerto tampoco es prueba de un canon más amplio que el hebreo, por cuanto no tenemos una lista esenia de libros canónicos y además había allí muchos libros que no se encuentran en el canon católico. 6. Es cierto que Justino empleó la Septuaginta, pero llamativamente no cita a los escritos apócrifos/deuterocanónicos. 7. El Nuevo Testamento contiene numerosas alusiones a los apócrifos/deuterocanónicos, lo que demuestra que los apóstoles y sus discípulos sí conocían estos libros. A pesar de ello, no los citan jamás como Escritura.
¡Ajá! Hasta que por fin lo dijo...Toda la discusión está encaminada a justificar una autoridad extralimitada de la Iglesia. Que no sería lo que hoy llamamos “Iglesia Católica”, sino la auténticamente católica Iglesia antigua, que comprendía toda la cristiandad y no sólo parte de la cristiandad occidental. Según esto, un católico hubiera permanecido en la incertidumbre por más de quince siglos, ya que no había decisión explícita previa de ningún concilio ecuménico. Y porque además, como explico más abajo, la lista de libros canónicos del Antiguo Testamento de Hipona y Cartago no coincide exactamente con la de Trento. Los miembros de la Iglesia no sabemos que son inspirados por nosotros mismos, sino por el testimonio del Espíritu Santo.
Correcto, porque el Dr. Lutero se formó como “papista”, fue ordenado en la Iglesia Católica y, naturalmente, conoció las Escrituras allí. No hubiera dicho otro tanto si hubiera nacido en Bizancio o Antioquía.
Sí, en 1546, en una decisión sin precedentes tomada por un puñado de obispos mal informados. El Concilio había sido inaugurado el 13 de diciembre de 1545. “El asunto de la Sagrada Escritura y la Tradición fue entonces traído para su discusión preliminar el 12 de febrero. Cuatro artículos tomados de los escritos de Lutero fueron propuestos a consideración o más bien para su condenación. De estos, el primero afirmaba que la Escritura sola (sin tradición) era la única y completa fuente de doctrina; el segundo que solamente el canon hebreo del Antiguo Testamento y los libros reconocidos del Nuevo Testamento debían ser admitidos como provistos de autoridad. Estos dogmas fueron discutidos por cerca de treinta eclesiásticos en cuatro reuniones. Sobre el primer punto hubo un acuerdo general. Se admitió que la tradición era una fuente de doctrina coordinada con la Escritura. Sobre el segundo punto hubo gran variedad de opiniones. Algunos propusieron seguir el juicio del Cardenal Cayetano y distinguir dos clases de libros como, se argumentó, había sido la intención de Agustín. Otros deseaban trazar la línea de distinción aún más exactamente, y formar tres clases, (1) los Libros Reconocidos, (2) los Libros Disputados del Nuevo Testamento, como habiendo sido luego generalmente recibidos, [y] (3) los Apócrifos del Antiguo Testamento. Un tercer partido deseaba dar una mera lista, como la de Cartago, sin ninguna definición adicional de la autoridad de los libros incluidos en ella, de modo de dejar el asunto abierto todavía. Un cuarto partido, influenciado por una falsa interpretación de las decretales papales previas, insistió en la ratificación de todos los libros del canon ampliado como de autoridad igualmente divina. La primera opinión luego se fusionó con la segunda, y el 8 de marzo se confeccionaron tres minutas comprendiendo las tres opiniones persistentes. Estas fueron consideradas privadamente, y el 15 [de marzo] la tercera fue aceptada por una mayoría de voces. El decreto en el cual fue finalmente expresada fue publicada el 8 de abril, y por primera vez la cuestión del contenido de la Biblia fue hecho un artículo absoluto de fe y confirmado con un anatema. Este decreto fatal, en el cual el Concilio, acosado por el miedo a los críticos laicos y “gramáticos”, le dio un nuevo aspecto a toda la cuestión del canon, fue ratificado por cincuenta y tres prelados, entre los cuales no había ningún alemán, ningún estudioso distinguido por su erudición histórica, ni uno que fuese apto mediante especial estudio para el examen de un asunto en el cual la verdad solamente podría ser determinada por la voz de la antigüedad. Cuán completamente opuesta era la decisión al espíritu y la letra de los juicios originales de las Iglesias griega y latina, cuánto difería en la igualación doctrinal de los libros disputados y reconocidos del Antiguo Testamento con la opinión tradicional del Occidente, cuán absolutamente sin precedentes fue la conversión de un uso eclesiástico en un artículo de fe...”
Brooke Foss Westcott, The Bible in the
Church, 3rd Ed. London-Cambridge: Macmillan & co., 1870, p. 255-257. Ahora bien, [el sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento] creyó deber suyo escribir adjunto a este decreto un índice [o canon] de los libros sagrados, para que a nadie pueda ocurrir duda sobre cuáles son los que por el mismo Concilio son recibidos. Son los que a continuación se escriben: del Antiguo Testamento, 5 de Moisés; a saber: el Génesis, el Exodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio; el de Josué, el de los Jueces, el de Rut, 4 de los Reyes, 2 de los Paralipómenos, 2 de Esdras (de los cuales el segundo se llama de Nehemías), Tobías, Judit, Ester, Jod, el [i]Salterio de David, de 150 salmos, las Parábolas, el Eclesiastés, Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías con Baruch, Ezequiel, Daniel, 12 Profetas menores, a saber: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías; 2 de los Macabeos: primero y segundo. Denzinger #783-784; p. 223.
Pero había un error fatal. La decisión del III Concilio de Cartago sobre el canon de la Sagrada Escritura decía lo siguiente para el Antiguo Testamento: Can. 36 (ó 47). [Se acordó] que, fuera de las Escrituras canónicas, nada se lea en la Iglesia bajo el nombre de Escrituras divinas. Ahora bien, las Escrituras canónicas son: Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Jesús Navé [Josué], Jueces, Rut, cuatro libros de los Reyes, dos libros de los Paralipómenos, Job, Psalterio de David, cinco libros de Salomón (Proverbios, Eclesiastés, Cantar, Sabiduría, Eclesiástico), doce libros de los profetas, Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel, Tobías, Judit, Ester, dos libros de Esdras, dos libros de los Macabeos.
En efecto, hay que tener en cuenta que los obispos del norte de Africa empleaban por aquella época la traducción de la Septuaginta conocida como la Antigua Latina, o Itala. Como además por entonces los códices de la Septuaginta incluían otros libros además de los pertenecientes al canon hebreo, no es extraño que incluyesen aquéllos entre los libros canónicos. Sin embargo, los dos libros de Esdras de los que habla Cartago no son los mismos a los que se quiso dar sanción canónica en Trento. Esto se explica por una diferencia entre las versiones Antigua Latina y la Vulgata de Jerónimo. Había en realidad cuatro libros atribuidos al sacerdote y escriba Esdras. El autor católico Charles L. Souvay observa: “No poca confusión surge de los títulos de estos libros. Esdras A [= 1 Esdras] de la Septuaginta es el 3 Esdras de San Jerónimo, mientras que el Esdras B [= 2 Esdras] griego corresponde a 1 y 2 Esdras de la Vulgata, los cuales estaban originalmente unidos en un libro. Los escritores protestantes, de acuerdo con la Biblia de Ginebra, llaman 1 y 2 Esdras de la Vulgata respectivamente Esdras y Nehemías, y 3 y 4 Esdras de la Vulgata respectivamente 1 y 2 Esdras. Sería deseable contar con una uniformidad de títulos.” s.v. Esdras (Ezra) en The Catholic Encyclopedia, vol 5, 1909.
En resumen, el Concilio de Trento de hecho dejó fuera de su Canon un libro que había sido sancionado como canónico en Cartago. Debido a este yerro, los cánones de Trento y de Cartago no son de hecho iguales entre sí en lo que al Antiguo Testamento respecta. Hay que añadir que además de invalidar lo decidido en Cartago, en Trento se contradijo de hecho además al papa Inocente I (y quizás a otros) que se había adherido a la lista cartaginesa basada en la Antigua Latina.
Muy bien, pero no se trata de una “definición infalible”. Los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra establecieron la posición oficial anglicana con respecto a los libros apócrifos en 1563, en los siguientes términos: Y los otros Libros (como dijo Jerónimo) la Iglesia los lee para ejemplo de vida e instrucción de costumbres; pero no se dirige a ellos para establecer doctrina alguna. (Artículo VI).
Habría que analizar cada uno de estos textos en su contexto para ver si realmente apoyan lo que se dice. De momento, simplemente notaré que la mayoría de las cosas que se mencionan ora son enseñadas en otros textos, ora son doctrinas específicamente católicas, y de allí el obvio interés en conservar estos libros dentro del canon. No se trata de si son inspirados o no, sino si sirven para ser empleados como textos de prueba para doctrinas que poseen escaso o nulo apoyo en el canon hebreo o en el Nuevo Testamento.
Es una lástima que no haya explicitado las citas de Judit, Tobías y Ester. Me parece que el autor confunde a Clemente de Roma con su homónimo que vivió en Alejandría en el siglo siguiente (no le importa, lo fundamental es probar la propia tesis). Es cierto que Clemente de Roma reproduce el texto de Sabiduría 12:12 en su carta a los corintios (27:5), pero también es cierto que no introduce dicho texto como si fuese Escritura. Clemente, uno de los varios obispos que por entonces había en Roma, hacia fines del siglo I escribió una extensa carta a los corintios. Demuestra conocer muy bien tanto el Antiguo Testamento como los escritos apostólicos. Cita de los Evangelios, las cartas de Pablo, de Pedro y de Santiago. También Hebreos, epístola con la cual muestra gran afinidad. Del Antiguo Testamento cita las tres divisiones, Ley, Profetas y Salmos, estos últimos con mucha frecuencia. Sin embargo, no cita ninguno los libros eclesiásticos si bien unas pocas alusiones indican que conocía la Sabiduría de Salomón (hecho ya mencionado). He aquí pues, un pastor romano del primer siglo que descuella en su conocimiento de las Escrituras y que jamás cita los libros eclesiásticos (apócrifos, deuterocanónicos) como Escritura. La Didajé (4:5) no introduce Eclesiástico 4:31 como una cita escritural. Y del largo versículo 12:5 de Sabiduría, en 5:2 solamente coincide (de nuevo sin citarlo como Escritura) en las palabras “asesinos de sus hijos”. La Epístola de Bernabé dice en 6:7 “Como quiera, pues, que había el Señor de manifestarse y sufrir en la carne, fue de antemano mostrada su pasión. Dice, en efecto, el profeta contra Israel: ¡Ay del alma de ellos, pues han tramado designio malo contra sí mismos! Atemos al justo, porque nos es molesto.” Por su parte, Sabiduría 2:12 dice: “Tendamos lazos al justo que nos fastidia, Se enfrenta a nuestro modo de obrar, Nos echa en cara faltas contra la Ley Y nos culpa de faltas contra nuestra educación.” Sin embargo, tanto Bernabé como Sabiduría parecen depender del muy canónico Isaías: “¡Ay de ellos, porque han merecido su propio mal! Decid al justo que bien, Que el fruto de sus manos comerá. ¡Ay del malvado! Que le irá mal, que el mérito de sus manos se le dará.” (Isaías 3:9-11, Biblia de Jerusalén) Finalmente, Policarpo reproduce las palabras de Tobías 4:10 , “la limosna libra de la muerte”, pero nuevamente sin citarlas como Escritura. Es cierto, por otra parte, que otros escritores cristianos primitivos, como Clemente de Alejandría, fueron más amplios en sus citas de los apócrifos. Sin embargo, virtualmente todos los Padres que se pronunciaron explícitamente sobre el canon ponen a los apócrifos/deuterocanónicos en un nivel inferior al del canon hebreo, como libros “eclesiásticos”, en contra de lo que siglos más tarde se decidió en Trento.
En resumen: 1. Si se hubiese necesitado la autoridad infalible de la Iglesia Católica Romana para conocer el canon del Antiguo Testamento, todo cristiano hubiese permanecido en el error o al menos en la incertidumbre hasta 1546. 2. Tras algunas deliberaciones de unos pocos obispos, el Concilio de Trento condenó de hecho los puntos de vista de Lutero sobre la suficiencia de la Escritura y sobre el canon del Antiguo Testamento (donde Lutero coincidía con San Jerónimo). 3. La posición oficial de la Iglesia Anglicana coincide con la de San Jerónimo y Lutero. 4. En el Concilio de Trento se hizo del contenido preciso de la Biblia, por primera vez en la historia de la Iglesia, un artículo de fe obligatorio, sancionado con un anatema. 5. Sin embargo, por un grueso error, el Canon del Antiguo Testamento sancionado en Trento dejó fuera del canon un libro (1 Esdras de la Antigua Latina = 3 Esdras del Apéndice a la Vulgata) que había sido declarado canónico por el Concilio de Cartago y por varios papas. 6. Una razón por la cual la Iglesia Católica defiende tan decididamente los apócrifos/ deuterocanónicos es que cree hallar en ellos apoyo para algunas de sus doctrinas peculiares. 7. Otra razón es que si se admite su autoridad para decidir el canon, por fuerza habrá de admitirse su autoridad en otros asuntos. 8. Es cierto que los Padres Apostólicos conocían los Apócrifos, pero no los citan como Escritura. 9. Otros fueron más amplios en la práctica, pero la mayoría admitió la distinción entre libros canónicos (los del canon hebreo) y libros eclesiásticos, de valor pero no al mismo nivel que aquéllos.
Fernando D. Saraví "Conoceréis la Verdad" agradece al Hermano Fernando Saraví por la cesión de este material para su publicación Artículos relacionados, del mismo autor: - Reconocimiento del Canon del Nuevo Testamento - Evidencia del Canon Hebreo antes de la discusión de Jamnia - El Canon del Antiguo Testamento antes del Concilio de Trento |
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